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jueves, 26 de marzo de 2026

LA ESTRELLA DE MAR Y EL POZO ANDALUZ

 


Las elecciones andaluzas serán el domingo 17 de mayo y quería escribir un artículo útil que animara a mis amigos lectores  a participar en política, cada uno a favor de la opción que prefiera para el mejor gobierno de Andalucía. Por más que me ponía, no hilaba un texto que reflejara mi deseo sin caer en el panfleto, y hace un rato una amiga me ha enviado un enlace a un  magnífico artículo de Martín Blanco del 25 de marzo de 2026 publicado en El Independiente de Granada,  https://www.elindependientedegranada.es/politica/estrella-mar-pozo-andaluz.

Ya me hubiera gustado haberlo escrito, y sin más preámbulos invito a leerlo.

LA ESTRELLA DE MAR Y EL POZO ANDALUZ.        

 "Hay historias que, de puro sabidas, corren el riesgo de parecer tontas. Y, sin embargo, aguantan mejor que muchos análisis sesudos. Una cuenta que, después de una tormenta, la orilla quedó sembrada de estrellas de mar. Miles. Un hombre vio a un niño que las recogía una a una para devolverlas al agua y le dijo, con ese tono que gasta la gente razonable cuando quiere quitarle a otro las ganas de hacer algo, que aquello no servía para gran cosa, que eran demasiadas, que el mar no iba a notar la diferencia. El niño lanzó otra y respondió: para esta sí. No está mal la respuesta. Tiene algo de inocencia y algo de tozudez, dos cosas distintas, aunque a veces las confundan quienes nunca se agachan a recoger una estrella.

Me acordé de esa historia en una Andalucía que lleva ocho años esperando y que ya aprendió a llamar paciencia a casi todo. Me acordé de esa historia ahora que Moreno Bonilla convocó elecciones y ya han empezado a trabajar los pronosticadores. Ganará la derecha, dicen; quizá con el PP algo más corto de fuelle y Vox recogiendo lo que caiga; quizá con un PSOE que no acaba de salir del atasco y una izquierda que lleva tiempo en ese oficio tan cansino de no levantarse del todo ni terminar de caerse, de no unirse para clamar la unión. Puede pasar, claro. Lo que no debe ocurrir es que el pronóstico haga el trabajo de la derrota antes de que la derrota exista.

Lo llamativo no es que haya encuestas malas. Lo llamativo es la prisa con que aquí se les pone mantel, se les santifica y se les llama destino. Sale una foto de marzo y ya hay quien reparte las esquelas de mayo. En Andalucía tenemos a veces esa afición: confundir una racha con una condena, una inercia con una ley de la naturaleza y una tertulia con el juicio final. Sin ponerse muy científicos, a eso podría llamársele el error de los pronosticadores: ven una foto fija, le ponen cara de destino y ya despachan el álbum entero. 

Pero la política no es una finca cerrada donde todo crece en línea recta. Lo que hoy parece sólido mañana descubre grietas; lo que hoy parece dormido mañana se mueve. No por milagro, ni por esos cuentos de autosugestión que tanto gustan a los fabricantes de consignas, sino porque debajo de la superficie siguen trabajando el malestar, la necesidad, el hartazgo, la decepción, la esperanza y, a veces, una tímida voluntad de volver a mirar. A una parte de lo que llamamos izquierda andaluza le ha dado por administrar la tristeza, como si fuera una herencia familiar. Demasiado comentario sobre sí misma, demasiado ajuste de cuentas en voz baja, demasiada dificultad para salir de la conversación interna y volver a pisar la calle. Habla de Andalucía a veces como quien mira una piedra: inmóvil, cerrada, resignada a ser lo que fue. Y no. Aquí la gente se enfada, se abstiene, vuelve, castiga, se harta, perdona. No son estratos geológicos; son personas. Parece que no se mueve, pero se movió.

Porque además ocurre que los pronósticos no solo describen; también contagian. Cuando demasiada gente empieza a repetir que algo es inevitable, esa supuesta inevitabilidad gana una fuerza prestada. No porque sea verdad, sino porque la resignación trabaja gratis. Hay mayorías que se sostienen menos por su vigor que por el desistimiento anticipado de quienes deberían discutirlas. Primero se acepta el marco del adversario, luego su ventaja, después su normalidad y, al cabo, hasta su permanencia parece una forma de sentido común. Ahí no nos deben encontrar.

Y así volvió la historia, que acaso no era la primera vez, sino apenas la última de sus repeticiones. No porque a los resultados de una elección se les dé la vuelta con un gesto bonito, ni porque baste esa fe de sobremesa según la cual “todo puede pasar”. La estrella de mar sirve para recordar que entre la comedia de los muy animosos y la comodidad de los ya rendidos, hay un terreno concreto en el que la gente actúa. Un artículo que da con la tecla. Una conversación que saca a alguien del bostezo. Un militante que deja de gestionar el desánimo y vuelve a tener algo que contagia. Ese votante andaluz que todavía dice, entre enfado y pena, "yo al PSOE lo voté siempre, pero ahora…" y que hoy vuelve a pensárselo. Aquel que deja de mirarse el ombligo y afear la posición de los demás. Un votante que decide no alquilarle la cabeza a la encuesta del mes. A estas alturas, no necesitamos que nos traduzcan el padecimiento. Lo que uno les pide a los suyos no es una emoción mejor redactada, sino una política que vuelva a proteger la vida corriente: la sala de espera, el alquiler, el cuidado de los hijos y de los mayores, el jornal, la dignidad de los jornaleros y de los migrantes explotados bajo los plásticos, el consultorio del pueblo, la vivienda del que empieza, la tranquilidad del barrio y el derecho de los vecinos a no vivir a oscuras porque algunos hayan decidido adueñarse de la luz y de la calle. La utopía. No hace falta una épica nueva. Hace falta que la política vuelva a parecerse al amparo, a la esperanza concreta. Porque también la seguridad -la de llegar al médico, la de encontrar casa, la de que tus mayores estén atendidos, la de que tu barrio no se degrade y la de que un chaval no tenga que irse para empezar a vivir- forma parte de la vida decente, aunque la derecha crea que esa palabra solo le pertenece a ella.

El andaluz ha tragado bastante como para distinguir entre quien le habla claro y quien le toma la medida. Por eso Moreno Bonilla empieza a producir esa fatiga de los gobernantes que siempre parecen muy afectados por lo que pasa, aunque no tanto como para arreglarlo. No solo por lo que no arregla, sino por cómo lo cuenta: lágrimas selectivas para unas escenas e indiferencia para otras, mucha comparecencia y poca solución y un ojo puesto en Madrid cada vez que toca responder de lo que le corresponde. Una cosa era discutirle a la izquierda sus errores; otra, bastante distinta, es este gobierno que a veces parece más pendiente del encuadre que del arreglo.

Hay una vieja historia china que cuenta que una rana vivía en el fondo de un pozo. Desde allí veía un pequeño círculo de cielo y pensaba que el mundo terminaba justo en aquel borde. No era un animal tonto; simplemente miraba desde un sitio estrecho. Y quien vive mucho tiempo en un pozo acaba tomando por horizonte su propia limitación. A veces da la impresión de que Andalucía se piensa así: desde el fondo de un pozo. Se mira una encuesta, se infla un rumor, se anotan dos inercias y ya se concluye que el cielo político tiene exactamente ese tamaño. Se llama realismo a achicar el horizonte. No se trata de negar la dificultad, que sería de ingenuos. Se trata de no convertirla en religión. Ninguna mayoría es eterna, ninguna sociedad queda clausurada por una racha y ninguna alternativa revive sola; pero tampoco se muere mientras quede quien haga algo más que velarlo.

Por eso conviene volver, una última vez, a la orilla y al pozo. La estrella de mar no cambia el océano, pero cambia una suerte. La rana no descubre un cielo nuevo: descubre que el viejo era más grande de lo que le enseñaron sus paredes. Aquí no se juega solo una elección. Se juega cuánto tiempo más va a aceptar esta tierra que la nombren por lo que pierde: derechos sanitarios que se erosionan, vivienda que no aparece, dependencia que no llega, empresas que se marchan, jóvenes que se van, pueblos que se vacían y salas de espera convertidas en paisaje cotidiano. También se juega cuánto tiempo más va a tolerar a un gobierno que, casi siempre, comparece antes para explicarse que para resolver. Nada de eso es paisaje. Es la forma en que se ha ido educando la paciencia andaluza para que soporte lo que no debería soportar.

Hace falta presencia, constancia, organización y coraje. Hace falta volver a hablar con quien se cansó, arrimarse a quien duda y tocar de nuevo a la puerta de quien se fue quedando en su casa.

El cielo no se ha hecho pequeño: pequeño es el pozo desde el que algunos lo miran. De nuestra parte toca volver a la orilla. Mojarse. Ensanchar otra vez el horizonte andaluz. Decir que esta tierra no está condenada ni al cansancio ni a la obediencia. Y comprometerse, a hacer lo que toca para que no la sigan gobernando como si ya no esperara nada."

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