TRUMP, LOS HECHOS Y EL PRINCIPIO DEL FIN
JM PTornero el periódico 20260428
Donald Trump ha tenido siempre una relación polémica con los hechos y con la verdad. Pero en la guerra que ha iniciado contra Irán esa relación se ha vuelto contra él con una fuerza que ninguna mentira anterior había logrado despertar. Porque esta vez la realidad sobre la que miente no es ni lejana ni abstracta: afecta al coste de vida, a la energía, a los alimentos y, sobre todo, al riesgo de un colapso mundial que nadie puede ya ignorar.
Desde que inició los bombardeos, Trump no aclaró nunca sus intenciones reales: si pretendía derribar al régimen —como proclamó al principio—, debilitar su capacidad militar o, como llegó a decir, aniquilar una civilización entera. Sus relatos fueron siempre contradictorios; su verdad, terriblemente flexible. Pero ahora los hechos hablan más alto: Irán no está derrotado, y el mundo entero —desde Asia hasta África, pasando por Europa y el propio EEUU— siente en carne propia las consecuencias de una aventura bélica delirante.
El trumpismo no improvisa. Detrás de cada mentira hay un método preciso, refinado durante años. Primero focaliza la atención con declaraciones escandalosas. Luego coloca su relato —casi siempre falso— y lo repite machaconamente hasta convertirlo en realidad alternativa. A continuación agrede y denigra a quien le contradiga.
En las horas posteriores a los bombardeos, la Casa Blanca publicó cifras de daños que nadie podía confirmar, comparaciones históricas distorsionadas y declaraciones de "victoria total" que los propios mandos militares matizaron en privado. El desmentido llegó tarde, en letra pequeña, sin la fanfarria del anuncio original
Esta es la arquitectura del engaño: no requiere que la mentira sea perfecta, sino que sea la primera y resulte familiar. La velocidad y la repetición hacen el resto. La psicología cognitiva lo llama "efecto de verdad ilusoria": cuanto más se repite una afirmación —aunque sea falsa—, más confiable nos parece; nuestro cerebro la procesa con menor esfuerzo, y esa facilidad se malinterpreta como señal de verdad. Cuando los algoritmos la amplifican, la mentira familiar se convierte en identidad colectiva, y quien disienta puede ser acusado de traidor.
Pero hay un límite. Por muy consolidada que sea una mentira, cuando los hechos la desmienten con suficiente contundencia, la decepción no es solo cognitiva: es política, emocional y existencial.
Cuando la realidad desborda el relato
La mentira de la guerra de Irán ha cruzado una línea que las otras nunca cruzaron: contradice la experiencia cotidiana de millones de personas que antes le creían o, al menos, le toleraban. No hay relato que pueda silenciar una factura de gasolina desorbitada. No hay épica que compense una economía en recesión. Trump ha encendido una mecha que nadie sabe ya cómo apagar, y la crisis se extiende con la implacabilidad de los hechos que ningún tuit puede detener.
El método de Trump descansa en un pacto tácito con sus seguidores: ellos aceptan las ficciones y las verdades alternativas, pero a cambio de sentirse ganadores. Ese pacto sobrevive a las mentiras sobre el fraude electoral, sobre las vacunas o los inmigrantes. Pero se quiebra cuando sus consecuencias materiales se vuelven palpables e intratables. Cuando la guerra prometida como relámpago se convierte en un lodazal sin salida.
Hay presidentes que caen por escándalos; otros, por guerras fallidas. Trump podría caer por algo más insólito: por haber confundido el relato con la realidad hasta arrastrar al mundo hacia una aventura que nadie puede ya controlar.
Si la crisis iraní no remite —y nada indica que vaya a hacerlo pronto—, estaremos ante el inicio del fin. No solo de una presidencia, sino de un modelo y un método político que han envenenado durante años el espacio democrático.






















